Wednesday, December 7, 2011

12/12/2011 – Homilía de la Solemnidad de la Virgen de Guadalupe – Lucas 1, 39-47


Hoy es una celebración muy grande para nosotros en la Iglesia católica, y para nosotros en la comunidad hispana.  Estamos juntos como una comunidad de fe alrededor de la mesa de nuestro Señor para celebrar la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe.  La imagen de la Virgen de Guadalupe no solo está ubicada en la tilma de Juan Diego – ella también está ubicada en los corazones de todos los americanos que la invocan con ternura, con confianza, y con amor. La Virgen de Guadalupe ha infundido el espíritu de vida en los corazones de los primeros evangelizadores en América Latina.  Además, la Virgen de Guadalupe ha avanzado la conversión de muchas personas que no conocían a Nuestro Señor.  Nuestra Señora de Guadalupe ha protegido la Iglesia de nuestro continente en los momentos de dificultades y desafíos.  En verdad, la Virgen es un símbolo que tiene mucho significado en nuestra fe, en nuestra cultura, en nuestros corazones. 
         En el Evangelio de esta solemnidad, escuchamos sobre la visita de la Virgen María a su prima Isabel.  Esta visita a Isabel es una peregrinación de fe.  Cada año, millones de peregrinos van a la Basílica de Guadalupe en México como una manifestación de su fe.  Esta noche, no estamos en la Basílica en México. Pero, en nuestros corazones, somos peregrinos llenos de fe a la Santísima Virgen en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. Esta noche, llegamos a la iglesia para acordarse de la capilla que la Virgen pidió a Juan Diego, una capilla donde ella prometió mostrar todo su amor, toda su compasión, y todo auxilio a los moradores de este continente y a los amadores suyos que la invoquen y en ella confíen.
         Hoy, damos gracias a la Virgen de Guadalupe, porque nuestra madre está muy cerca de nosotros, porque ella nos ha cuidado y nos ha cobijado, como a Juan Diego, con el pliegue de tu manto.
 Alabamos a la Virgen de Guadalupe, la Madre de Dios, porque ella es la discípula más perfecta del Señor, porque Ella es su primera misionera.
Oremos:  Madre nuestra, ven en nuestra ayuda a fin de que vivamos fraternalmente unidos y siempre seamos solidarios, generosos y serviciales.
Madre y Reina de México, protege a los más débiles de nuestras comunidades, de nuestro país: a los niños y a los ancianos, a los pobres y a los enfermos, a los emigrantes y los desempleados. 
Finalmente, Virgen bendita y Madre gloriosa, te pedimos que cuides de todas nuestras familias.  En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.  AMEN. 

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